El agua de lluvia absorbe dióxido de carbono de la atmósfera y del suelo y se vuelve ligeramente ácida. En contacto con la caliza, formada principalmente por carbonato de calcio, la disuelve poco a poco. Las fisuras se ensanchan hasta convertirse en conductos, galerías y cuevas.
Los acuíferos kársticos son muy abundantes en el Mediterráneo. En ellos el agua no avanza lentamente entre granos, sino que circula por una red de conductos, a velocidades de metros o incluso kilómetros por día. Son reservas muy productivas y, a la vez, muy vulnerables a la contaminación, porque el agua apenas se filtra durante su recorrido.